VICTOR CÁMARA

 

La práctica artística de Víctor Cámara presenta tres tags o etiquetas, de las muchas posibles, que resumen en lo fundamental la base de su creación artística: pop, humor y reciclado. Pop, porque este importante movimiento artístico es fuente de su inspiración, en los grupos británico y francés sobre todo. Fundamentalmente, su estilo nos recuerda y retrotrae al grupo francés del Nuevo Realismo (Nouveau Réalisme, 1960-1970) tan combativo y que utilizaba el mundo para hacer su arte. Su obra resulta carteles, panfletos arrancados de las paredes, traspasados al lienzo, desgarrados, pura arqueología ciudadana, y señalan un gesto de protesta contra una sociedad que ha perdido el gusto por el cambio. El segundo elemento de su receta: el humor, la socarronería, el hispánico humor negro, la picardía, que sabe administrar y utiliza de tal manera que te conmueve por su sutileza, aun cuando esté tratando de temas que -por su brutalidad- exigen un posicionamiento ético y moral. Su pintura es parte de un juego intencionalmente irónico en el que se vislumbra de inmediato la suspicacia y lo ridículo de un mundo en el que predomina la hipocresía y donde los valores han sido invertidos o pervertidos por las altas instancias del poder, venga de donde venga este. La sátira conlleva siempre un componente didáctico, enseña lo que es deforme, feo, lo que no debemos hacer. Sus obras, al igual que casi toda su producción, no podemos dejar de leerla bajo esa perspectiva del humor. Reflexiones del artista de realidades muy complejas, pero sobre las que ironiza con cierta candidez y ternura, conferidas también por ese dibujo que configura a sus personajes amabilidad y cercanía. En cuanto al uso del reciclado, el tercer ingrediente de su fórmula, tiene que ver también con los componentes de su procedimiento, y -que conste- no se adscribe en esto a las nuevas modas, pues ya en sus primeras exposiciones, a principios de los noventa, utilizaba como soporte los más inverosímiles materiales cotidianos, como los pañuelos de papel desechables, que le conferían a esas piezas una fragilidad muy adecuada,pero en otras ocasiones  –usando el decollage- tenemos la sensación en sus lienzos de que nos ha arrancado un pedazo de muro callejero, con toda su contundencia y rotundidad.

 

El trabajo de Víctor Cámara, sus pinturas, sus esculturas, sus cerámicas, presenta una primera lectura -epidérmica- muy amable y agradable, a la que nos aproximan sus brillantes colores, la
cercanía de su iconografía popular, ese dibujo sencillo casi naïf que despierta unos sentimientos todos dulces, agradables, simpáticos. Pero, y ahí estriba su maestría, tras ese primer vistazo, la obra adquiere una connotación distinta, cargada de intencionalidad, donde subyace un mensaje nada gratuito y que ha sido el que ha llevado al artista a transmitirnos, a comunicarnos -a través de su arte- la sublimación de ese echo que le ha conmocionado. Casi siempre alimentado por noticias de los media, o imágenes de la cotidianeidad y que denuncian situaciones que parecen llevarnos hacia una deshumanización. Su obra viene a configurarnos una suerte de arqueología de la cotidianidad. El soporte, su técnica, viene a recuadrar momentos de la actualidad, retazos del mundo a través de sus ojos, de esa mirada limpia y cuyo único deseo es hacer posible de una vez el lema de la revolución gala: igualdad, libertad y fraternidad. El pretende un mundo mejor, y mejorarlo y como mejor sabe hacerlo es con su arte. Haciéndonos mirar con sus ojos cómo él ve el mundo. Víctor Cámara es uno de nuestros artistas de media carrera más alusivos y refractarios, siempre en el lenguaje de la pintura, porque la pintura, para él, es otra forma de pensamiento, pues como defiende Robert Wilson, experimentar es un modo de pensar.